Diez años después de la invasión de Irak, suenan de nuevo tambores de guerra en el Medio Oriente. En esta ocasión, el blanco de un ataque de los Estados Unidos es un régimen autoritario establecido hace 43 años, que según EE.UU. habría utilizado armas químicas en contra de su propio pueblo. El Presidente Obama trazó una "línea roja", y ha argumentado que los Estados Unidos no pueden aceptar que esta se cruce y deben actuar. A primera vista, es difícil discrepar de esta posición, que pareciera contar con fundamentos legales y morales.

Sin embargo, comprender lo que pasa en Siria se dificulta por un desconocimiento de las divisiones y conflictos que aquejan a esa parte del mundo, marcada por profundas diferencias religiosas, étnicas e ideológicas, con dinámicas propias e impredecibles. Cuna de una civilización milenaria, la Siria moderna (desde su independencia en 1946) se estabilizó y progresó gracias a un delicado equilibrio entre sus distintos grupos étnicos y religiosos. Han convivido en paz por muchas décadas sunitas (un 60% de la población), chiitas (un 13%), cristianos (un 10%) y drusos (un 3%). También hay una minoría kurda, con un 9% de la población.

Siria, como muchos otros países en la región, no es una democracia. Bashar al Assad decepcionó a muchos por su renuencia a impulsar reformas políticas. La represión a las manifestaciones opositoras de marzo de 2011, poco después de la caída de Hosni Mubarak en Egipto, gatilló la actual guerra civil en Siria, que ya ha costado 100 mil vidas y dos millones de refugiados.

Sin embargo, desde el inicio de las manifestaciones a la fecha ha habido un cambio completo de la situación. Los opositores a Assad han pasado a depender del predominio de grupos de rebeldes islamistas, alentados por otros países. Esos rebeldes están lejos de ser demócratas ansiosos por ampliar los derechos de los sirios. Armados y financiados por monarquías absolutas como Arabia Saudita y Qatar, que ven la guerra en Siria como una religiosa de sunitas versus chiitas (de los cuales los alawitas, a los que pertenece Assad, son parte), y a los cristianos como pro occidentales, el conflicto ha atraído a fundamentalistas islámicos sectarios de todo el mundo. El grupo más militante y efectivo es Al Nusra, la franquicia siria de Al Qaeda.

El Presidente Obama ha propuesto bombardear Siria en respuesta al supuesto uso por el gobierno de gas sarín en un suburbio de Damasco, por cierto un hecho condenable. Un dato crucial, sin embargo, es que su autoría aún no ha sido confirmada. Con todo, la pregunta de fondo es otra. ¿Ayudaría a generar una solución política, única salida de esta tragedia? ¿No pasarían los Estados Unidos a ser, como ha dicho el senador por Texas, Ted Cruz, "la Fuerza Aérea de Al Qaeda"? ¿Y no podría significar la caída de Assad un desmembramiento de Siria y una eventual conflagración regional?

Un intervencionismo militar de Occidente puede terminar fortaleciendo a grupos extremos que desprecian el pluralismo y la diversidad religiosa, alejando aún más las posibilidades de una solución política. El mundo ya lo ha visto. En Irak, los atentados terroristas que matan a decenas, si no cientos, de personas, están a la orden del día. Pocos dudan de que una vez que las tropas de los EE.UU. se retiren de Afganistán en el 2014, los talibanes volverán al poder, imponiendo sus retrógradas concepciones.

Más que escalar el conflicto, se requiere acotarlo y terminarlo. La comunidad internacional debe rechazar el bombardeo de Damasco. Una propuesta sobre la mesa es que Siria entregue su arsenal de armas químicas y lo ponga bajo el control de la ONU. Siria ha sido receptiva, y el Presidente Obama también. Puede haber otras. Ojalá fructifique.

Aquellos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla. Chile (que desempeñó un digno y acertado papel en el Consejo de Seguridad de la ONU oponiéndose a la invasión de Irak), y América Latina en su conjunto, deben apoyar una salida diplomática negociada a la guerra civil en Siria, y no un escalamiento del conflicto.

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